Practicar la religión en China no es un acto carente de riesgos, especialmente para los musulmanes que cada vez sufren más los embates de un Gobierno que, con la excusa de evitar que la propagación del extremismo religioso, lanza continuas normativas de hostigamiento.

Aunque China es oficialmente un país con libertad de culto, en la práctica el Gobierno ejerce un férreo control sobre las religiones, especialmente en las zonas donde se practica el islám, donde cada vez son más las ordenanzas que controlan la práctica de este culto.

El objetivo del Gobierno ya no es solo la conflictiva Región Autónoma de Xinjiang, donde en los últimos años se han registrado violentos enfrentamientos, sino que ahora son los musulmanes de regiones como Ningxia o Gansu, en el norte del país, los que están sufriendo el aumento de los controles.

La primera es la única provincia con mayoría islámica del país y en la segunda se encuentra Linxia, conocida como “la pequeña Meca de China“.

El diario independiente South China Morning Post publica hoy la historia de los vecinos de Weizhou (Ningxia), musulmanes pertenecientes al grupo étnico hui, que en los últimos días han tomado los alrededores de una mezquita para evitar que el Gobierno la derribe.

El comité de gestión del edificio había recibido la notificación oficial de que iba a ser demolida por no tener los permisos de planificación y construcción necesarios, una decisión que no agradó a los vecinos.

Estos aseguran que hasta ahora se les había dejado practicar su fe en paz pero que, a medida que el Gobierno profundiza su represión contra otras minorías como los uigures de Xinjiang, los hui también están siendo atacados.

Aunque no hay confirmación oficial, informa el diario, parece ser que se ha llegado a un acuerdo para evitar que el edificio se derruya, aunque caerán varias de sus cúpulas.

Precisamente hoy el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial (CERD) de las Naciones Unidas iniciará en Ginebra un proceso de revisión de la implementación de China de la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial, que el gigante asiático ratificó en 1981.

En China se calcula que hay unos 23 millones de musulmanes, aproximadamente un 1,7 % de la población, entre ellos minorías étnicas como los hui (repartidos en todo el país) u otras ligadas a los pueblos de Asia Central tales como uigures, kazajos, uzbecos, kirguises o tayikos.

Aunque asegura abogar por la libertad religiosa, el Gobierno de Pekín ha centrado sus esfuerzos en los últimos años en hacer que los grupos religiosos se alineen con la cultura china y la autoridad absoluta del Partido Comunista de China (PCCh).

Como ejemplo, el pasado mes de mayo las autoridades islámicas ligadas al partido publicaron una normativa por la que todas las mezquitas de China deberán izar una bandera de este país en un lugar destacado del recinto y sus responsables han de “estudiar la Constitución, los valores socialistas y la cultura tradicional“.

Xinjiang sigue siendo la región más afectada por las restricciones. Como parte de la resolución del conflicto, el Gobierno introdujo el 2015 el Reglamento de Extremismo de la Región Autónoma Uigur de Xinjiang para contrarrestar el “extremismo religioso” y el “separatismo“.

Según denuncian las organizaciones de defensa de los derechos humanos, se han creado centros de reeducación para musulmanes en los que los detenidos son incluso obligados a comer cerdo o beber alcohol como método de presión psicológica.

Según denuncia la organización Chinese Human Rights Defender (CHRD), al menos hay dos o tres millones de personas internadas en estos campos u obligadas a asistir a “sesiones educativas“.

En esta región, aseguraba hace unos meses la ong Human Rights Watch, el control es tal que se han prohibido algunos nombres ligados a la comunidad musulmana, como Sadam o Medina, para evitar que “se intensifique el fervor religioso“.

Pero el control a los musulmanes va más allá de las fronteras chinas. Hace unos días se conocía que las autoridades han comenzado a controlar con tarjetas provistas de posicionamiento GPS a miles de musulmanes del país que viajan a La Meca (Arabia Saudí) en las proximidades del preceptivo periodo de peregrinación o “Hach“.

Según informó el diario Global Times el objetivo de este programa piloto, que proveerá de estas tarjetas a 3.300 peregrinos, es “hacer que el viaje sea mejor y más seguro“, aunque también podría ayudar a que las autoridades chinas controlen sus movimientos.

 

Fuente: La Vanguardia