(Editorial) La religión crea identidad

Todo el que impide a los creyentes practicar sus ritos y destruye sus lugares de culto suele preocuparse por algo muy diferente de la lucha contra una religión, explica el académico Alexander Görlach.

Cuando los líderes del Partido Comunista de China en el Tíbet y Xinjiang destruyen templos y mezquitas antiguos y hacen volar iglesias por todo el país, vemos un nuevo aterrador ejemplo de cómo se ataca, y finalmente se destruye, a la identidad de la gente. Cualquiera que prende fuego a templos y mezquitas, que también son monumentos culturales, no teme quemar a las personas que rezan en ellos.

La iglesia como símbolo cultural

No se trata de suprimir principalmente la práctica de la religión, sino de suprimir las identidades asociadas con la cultura religiosa. Cuando se destruye el rastro de estas culturas, los así humillados deberían aprender a vivir con otra, una cultura supuestamente superior. En el caso de China, la cultura Han mayoritaria propagada por el líder Xi. La injusticia cometida es inmensa. No solo individualmente, sino colectivamente. La destrucción golpea al individuo en el corazón y al grupo en su conjunto.

Alexander Görlach

El académico Alexander Görlach.

Algo parecido experimentamos justo antes de la Semana Santa, cuando la catedral de París, Notre Dame, se incendió. Aunque la causa fue diferente, el efecto fue el mismo. Aquellos que vieron las llamas ardientes devorando las vigas de la iglesia temían lo peor: que la piedra sucumbiera al calor y la iglesia entera se derrumbara. ¡Qué pérdida hubiera sido! Algunos comentaristas ya han estado de acuerdo y vieron en la catedral quemada un símbolo de la caída de la cultura cristiano-occidental.

La destrucción de monumentos culturales en China viene precedida por otros pasos: primero, hay que invisibilizar a los otros. Cuando se construye una iglesia en el mundo árabe, a menudo se considera mejor que no sea reconocible desde el exterior. Los líderes autoritarios de estos países islámicos quieren tener la impresión de que las sociedades que controlan son bloques monolíticos que separan claramente entre “nosotros” y “ellos”, los otros. Al temer a un enemigo externo, en su mayoría occidental y, por tanto, cristiano, estos gobernantes autocráticos suscitan temores entre la población que tienen un efecto devastador en la coexistencia de diferentes identidades dentro del país. El pérfido modo de actuar de Al Qaeda o el EI, la demolición de las estatuas gigantes de Buda en Afganistán o la destrucción de la antigua ciudad de Palmira son tristes muestras de esta maniática aspiración de superioridad ideológica.

Kathedrale Notre-Dame in Paris brennt (picture-alliance/dpa/S. Vassev)

La parisina catedral de Notre Dame, en llamas.

Más que un simple culto

La libertad de religión debe traducirse hoy en día como libertad de identidad. Se trata de llevar una vida no siempre directamente relacionada con la práctica de culto. Es lo que reflejan las cifras en Europa. El Instituto Pew de Washington, en un estudio del año pasado, encontró que el 90 por ciento de los europeos encuestados admitieron haber sido bautizados, el 70 por ciento dijo considerarse cristiano, pero apenas un 20 por ciento asiste regularmente a misa. De esto se puede concluir, con razón, que la afiliación religiosa significa sobre todo afiliación cultural e identidad y no puede vincularse exclusivamente con la práctica del culto.

Singapur es la mejor China, si se quiere: el país no es una democracia, pero otorga generosa libertad de religión. Esto significa que uno es bienvenido en el estado pequeño sea cual sea su propia identidad, cultura e idioma. Pero muchas personas en la actualidad tienen que vivir en estados que, por el contrario, cultivan y reproducen la retórica de una mayoría contra las minorías. Las consecuencias son evidentes en los cristianos asesinados el domingo de Pascua en Sri Lanka, así como en los musulmanes perseguidos en la India: allí donde se adopta una política propia que se alimenta de degradar a otros y privarles de sus libertades, la violencia y el asesinato no está lejos. Y no solo en China se puede ver a dónde conduce ese fanatismo.

Alexander Görlach (lgc/cp)

Alexander Görlach es miembro senior del Consejo Carnegie para la Ética en Asuntos Internacionales e investigador principal asociado en la Universidad de Cambridge en el Instituto de Religión y Estudios Internacionales. El lingüista y teólogo posdoctoral también fue becario y profesor visitante en la Universidad de Harvard en 2014-2017 y profesor visitante en la Universidad Nacional de Taiwán y la Universidad de la Ciudad de Hong Kong entre 2017 y 2018.

Fuente: DW