(Pakistán) En Pakistán sigue el peligro de la blasfemia pese a absolución de Asia Bibi

Hasta hace poco, cuando el pastor cristiano Adnan Prince, acusado de blasfemia, se presentaba ante los jueces, debía afrontar los llamados a la muerte de decenas de religiosos. Ahora, por lo menos, ya no hay insultos ni amenazas en el tribunal de Lahore, en el este de Pakistán, que juzga su caso.

El cambio se debe al caso Asia Bibi, una cristiana convertida en símbolo de los abusos judiciales en Pakistán bajo pretexto de blasfemia contra el profeta Mahoma. Ella fue absuelta de su condena a muerte por la Corte suprema en octubre de 2018 bajo la presión internacional.

Lo habitual hasta entonces era ver maulanas (dignatarios religiosos) ocupar las salas de audiencia, recitando el Corán y gritando venganza, para presionar a los magistrados encargados de juzgar a los “blasfemos”, dicen abogados.

“Antes de que Asia Bibi fuera liberada, decenas de maulanas venían a cada una de las audiencias donde era interrogado”, dice Adnan Prince, acusado de haber “mancillado” un Corán en 2013, crimen pasible de cárcel perpetua y que él niega. Ante una corte, la persona que lo denunció dijo: “no hay que dejarlo vivo”.

“Pero desde entonces ya no están ahí”, se congratula este hombre de 28 años de cabellos teñidos de rojo, liberado bajo fianza tras tres años de cárcel y que espera ser inocentado.

En un país donde tales acusaciones pueden fácilmente ser instrumentalizadas y conducir al linchamiento, la absolución de Asia Bibi, confirmada en enero de 2019, causó una ola de violencia.

El partido radical islamista Tehreek-e-Labaik Pakistan (TLP) llamó a matar a los jueces implicados en el veredicto e incluso incitó al ejército a amotinarse.

Miles de extremistas fueron finalmente detenidos. Más de 80 fueron condenados en enero a 55 años de cárcel en un juicio excepcionalmente severo para este tipo de casos en Pakistán.

– “Una señal” –

Esta redada “envió una señal” a los extremistas que abandonaron las salas de audiencia, señala Asad Jamal, abogado del pastor y de otros acusados de blasfemia. “La voz de los más extremistas es menos escuchada” ahora, dice.

“Pero aunque la intensidad no es la misma, el temor siempre está presente” entre los jueces.

En las jurisdicciones inferiores el problema es particularmente flagrante. Los magistrados, más cercanos a la población, son vulnerables frente a las “presiones de los religiosos y de la comunidad”, observa un ex juez que aceptó hablar a la AFP bajo anonimato.

En los casos de blasfemia, los magistrados también pueden ser calificados de “blasfemos” si absuelven a un acusado, lo que los lleva “siempre a condenar”, reconoce.

El caso de un profesor de la universidad de Multan (centro), Junaid Hafeez, muestra esta tendencia. En 2013 fue acusado de blasfemia por insulto al profeta. Un año después, su abogado fue asesinado, un crimen nunca castigado. Después, el universitario de 33 acaba de ser condenado a muerte.

Frente a la “impunidad” de la que gozan “los justicieros”, ¿puede “un juez arriesgarse a mostrarse justo?”, preguntan su familia y sus abogados.

En las instancias superiores, los jueces anulan regularmente las sentencias a muerte por blasfemia. “La mayoría está sustentada en falsas acusaciones relacionadas con problemas de propiedad o venganzas personales”, reconoció la Corte suprema en 2015.

Pero la justicia está desbordada y los procesos de apelación son muy lentos.

El musulmán Wajih-ul-Hassan, condenado a muerte a la edad de 25 años, tuvo que pasar 18 años en la cárcel antes de ser absuelto por la Corte suprema. “Él está completamente perdido en el mundo real. Descubre los nuevos teléfonos, internet”, dice su abogado Nadeem Anthony.

“Aunque haya sido absuelto, para la gente sigue siendo culpable y debe esconderse”, agrega su defensor.

– Temores y fantasmas intactos –

Hay algunos avances, pero en el fondo, en la justicia, en la sociedad, en el mundo político, la blasfemia genera siempre fantasías, temores e instrumentalización.

Las leyes que la encuadran y prevén la pena capital para cualquier insulto al profeta -aunque nunca haya sido aplicada- “crearon un ambiente donde muchos (…) se creen autorizados a hacer justicia por cuenta propia”, según informe de Amnesty international aparecido en 2016.

Las minorías religiosas son particularmente vulnerables.

En la ciudad de Rabwah (centro), los 55.000 ahmadíes, musulmanes considerados herejes por su creencia en un profeta posterior a Mahoma, viven escondidos, con una espada de Damocles sobre su cabeza.

Más allá de las usuales discriminaciones (palizas, detenciones…), Sajjad (nombre ficticio), un sexagenario flaco con larga barba blanca, vio como su hijo menor, de unos veinte años, “el único que había hecho algunos estudios” en la familia, fue apresado por blasfemia en noviembre.

Atraído fuera de Rabwah por un islamista que se hacía pasar por mujer, cayó en manos de extremistas y policías, dice llorando. “La primera vez que fuimos a verlo en la cárcel, apenas podíamos hablar, pues estaba muy golpeado debido”.

La absolución de Asia Bibi tiene poco impacto ya que las leyes sobre la blasfemia “están ahí todavía”, constata Usman Ahmad, portavoz de los ahmadis. “Mientras la gente acepte su legitimidad, los más débiles seguirán fragilizados”, se lamenta.

Los más fuertes tampoco están a salvo. En 2011, un ministro favorable a Asia Bibi fue asesinado en Islamabad.

El mismo año, el gobernador de la provincia de Penyab, crítico de las leyes que castigan la blasfemia, murió de 29 balas lanzadas por uno de us guardaespaldas. El asesino, ahorcado en 2016, reposa como mártir en un mausoleo cerca de la capital.

En la actualidad ningún político se aventura a denigrar abiertamente de esas leyes.

Durante su campaña electoral en 2018, el Primer ministro Imran Khan se mostró “totalmente” favorable.

Defendiéndose de haber cedido a los extremistas, el gobierno recuerda haber “apoyado y ayudado” a Asia Bibi cuando se pronunció su absolución “pese a las presiones”. Y el portavoz Firdous Ashiq Awan dice que solo representan el “1% de la población”.

– “La blasfemia para atraer electores” –

El inflamable TLP, que sedujo de 2,2 millones de votantes en las elecciones generales de 2018, practica “una politización del asunto de la blasfemia más allá de la blasfemia”, indica Fatima Anwar, investigadora para la fundación Engage que publicó en 2019 un informe documentado sobre el asunto.

En campaña para las elecciones locales previstas para este año, el partido radical reunió en noviembre miles de simpatizantes en un mitin triunfal cerca de la monumental mezquita Badshahi, uno de los lugares más simbólicos de Lahore.

“Le blasfemia es para nosotros una forma de atraer a la gente “, dice Rehman Ali Tarar, futuro candidato del TLP que acaba de impedir la difusión de una película, Zindagi Tamasha, pues difama “la blasfemia”, según uno de sus portavoces.

Paradójicamente, “aunque las cosas cambiaron institucionalmente, en la sociedad la gente está cada vez más polarizada” desde la absolución de Asia Bibi, vivida como una traición a sus creencias por parte del poder judicial, señala Fatima Anwar.

Asia Bibi vive ahora con su familia en Canadá. En un libro salido en enero, cuenta sus ocho años de cárcel, su “miedo” a ser asesinada y la larga cadena que tuvo atada al cuello “como un perro”.

Según la Comisión estadounidense para la libertad religiosa, organismo público, al menos 40 acusados de blasfemia están detenidos a perpetuidad o se encuentran en los corredores de la muerte en Pakistán.

Fuente: Infobae