(Vaticano) Elecciones en la Conferencia Episcopal

La Iglesia católica necesita mesura, transparencia, capacidad de diálogo y, sobre todo, bondad

Los innumerables comentarios y mensajes contradictorios recientes en torno a la actividad de la Iglesia católica, sus recursos económicos, la actuación fiscalizadora sobre ella de ciertas Instituciones del Estado, el buen gobierno y la transparencia informativa van a tener una prueba determinante dentro de unos días cuando se proceda a la elección del nuevo presidente de la Conferencia Episcopal.

Estos ataques, sin ningún fundamento, a la ingente labor que realiza la Iglesia católica, realzan lo que ya señalaba Francisco de Quevedo: “Donde hay poca justicia es grave tener razón”. Apuntemos algunos datos que certifican la realidad de los hechos.

Las escuelas católicas integran unas 5.877 entidades pedagógicas, en las que se educan más de un millón doscientos mil alumnos, lo que permite al Estado ahorrar más de dos mil quinientos millones de euros. En estas instituciones se proporciona trabajo a más de ciento tres mil empleados.

La Iglesia católica española destina, entre otras partidas, 6.243.400 euros a la labor social de Caritas y mantiene unos nueve mil centros que ayudan anualmente a más de cuatro millones de personas.

Estas partidas aglutinan, solo parcialmente, la ingente labor de la Iglesia católica, desde la protección de los más débiles y necesitados hasta la formación y educación de todas las capas de la sociedad, sin olvidar el mantenimiento del patrimonio histórico cultural con los desvelos y sinsabores que ello conlleva. Señalar que solamente el impacto global estimado de los bienes inmuebles de interés cultural de la Iglesia es equivalente a alrededor del 2,17% del PIB de España, según datos del 2014.

La labor asistencial de la Iglesia se proyecta también en los hospitales, guarderías, casas para ancianos, personas con discapacidad, centros de ayuda a la mujer víctimas de violencia, personas sin hogar, refugiados etc., así como ayudas económicas y labor social a través de miles de misioneros y misioneras españoles en los países más pobres del mundo.

En relación a las próximas elecciones a la Conferencia Episcopal, ante la situación sociopolítica por la que atraviesa nuestro país, se hace necesaria la presencia de una persona con capacidad de diálogo y buenas relaciones con los partidos políticos gobernantes y con experiencia en circunstancias políticas semejantes a las actuales, tanto del Estado como con gobiernos autonómicos. Esto no significa, en ningún caso, minusvalorar a otros obispos que, sin duda, también están efectuando una ingente actividad pastoral en sus respectivas diócesis.

El futuro presidente de la Conferencia Episcopal, como el resto de los obispos, deberá tener en cuenta las demandas y necesidades, retos y desafíos de una sociedad pluricultural y moderna, en la que vivimos, con la finalidad de priorizar la evangelización y acoger, en la gestión de la Institución eclesial, entre otras, las nuevas tendencias relacionadas con la buena gobernanza y la sostenibilidad, de las que no debe olvidarse, la Iglesia católica ha sido la auténtica pionera sobre las mismas.

La experiencia de gobiernos socialistas anteriores, en el campo de las relaciones Iglesia-Estado y defensa de los valores cristianos y de los derechos humanos, en especial de la libertad religiosa, aconseja que en el presidente de la Conferencia Episcopal sea necesario equilibrio moderación, capacidad de diálogo y negociación para resolver posibles conflictos y que sepa aglutinar a sus hermanos en el Episcopado para evitar que movimientos centrífugos dinamiten la universal e integradora labor efectuada por la Iglesia española.

En este punto, conviene recordar las palabras del cardenal Antonio Cañizares, que recientemente se ha entrevistado con el Papa Francisco, con el que mantiene una excelente y filial relación de amistad desde su época de arzobispo de Buenos Aires, que en una reciente Carta pastoral muestra su preocupación que nace de la historia y del conocimiento de la realidad política española por la situación social, cultural y religiosa que vivimos. No en vano, en su extensa trayectoria como obispo y cardenal antes de ser llamado a la Santa Sede como colaborador directo del Papa (ha sido obispo de Ávila, gobernando el Partido Popular; arzobispo de Granada y de Toledo, en ambos casos con presidentes autonómicos socialistas, así como vicepresidente de la Conferencia Episcopal con el Gobierno del Sr. Rodríguez Zapatero), fue capaz de mantener relaciones cordiales y fluídas con los distintos gobiernos, lo que facilitó la solución de diversos problemas. En la citada Carta pastoral, el cardenal Cañizares afirma: “Pediría que el espíritu de la Transición, que es diálogo, de confianza recíproca, de reconciliación, no se olvide, porque, si no, es muy difícil convivir los distintos”.

Las galernas azotan las costas españolas y la Iglesia católica necesita mesura, transparencia, capacidad de diálogo y, sobre todo, bondad y es aquí donde el nuevo presidente de la Conferencia Episcopal debe desplegar toda su grandeza. No perdamos esta oportunidad. España y la Iglesia Católica así lo demandan

Ricardo García García, catedrático de Derecho Eclesiástico.

Fuente: El Mundo