(Hong Kong) Misas en 7 parroquias de Hong Kong por la matanza censurada de Tiananmen: ¿las últimas permitidas?

En China está prohibido y castigado con cárcel hablar de la matanza de Tiananmen, que tuvo lugar hace 31 años, en 1989, en la noche del 3 al 4 de junio, cuando tanques de guerra y soldados arrollaron violentamente a cientos de jóvenes obreros y estudiantes que llevaban meses acampados pidiendo más libertad a la dictadura comunista. El Gobierno chino nunca dijo cuántas víctimas mortales causaron: murieron entre 200 y 2000 jóvenes, y cientos fueron encarcelados.

Hong Kong es el único lugar de China donde desde 1989 tradicionalmente se ha podido hablar del asunto y los católicos suelen celebrar misas por los difuntos recordando su aniversario. Este año, el movimiento Justicia y Paz ha convocado a celebraciones litúrgicas en 7 iglesias católicas de Hong Kong, diócesis donde hay 50 parroquias atendiendo a unos 580.000 católicos (un 8% de la población). Cuando sucedió la matanza en 1989, los católicos eran la mitad, 260.000, un 4,4% de la población.

El obispo auxiliar, Joseph Ha, presidió la misa en la iglesia de la Santa Cruz, transmitida también por Facebook, invitando a todos a encender una vela en la noche de la matanza, a las 20 horas.

“La libertad de expresión parece reducirse más y más”, predicó el obispo. “¿Quizás esta sea la última misa de conmemoración en recuerdo del 4 de junio? No lo sé. No importa cuán difícil sea a futuro, tenemos que saber que somos cristianos, somos hijos de Dios, y que Él siempre está con nosotros”.

Las otras parroquias (que usan a la vez sus nombres chinos e ingleses) son St Bonaventure Church, St Francis of Assisi Church, Holy Redeemer Church, Saints Cosmas and Damian Church, St Benedict Church y St Andrew’s Church.

A continuación publicamos el texto completo de la homilía del obispo Ha (traducido del idioma chino por la agencia misionera AsiaNews).


Homilía de la misa por las víctimas de Tiananmen, en Holy Cross Church, Hong Kong, 2020

por Joseph Ha, obispo auxiliar

Hoy estamos aquí reunidos para rezar juntos, en memoria del 4 de junio de 1989, un día como hoy, hace 31 años. Sin embargo, para nosotros ese día no ha quedado en el pasado, en absoluto; aún lo llevamos en el corazón. No queremos limitarnos a conmemorar: nosotros no podemos olvidar. En estos 31 años, hemos vivido muchos 4 de junio: el retorno de Hong Kong a la patria fue un 4 de junio, de 1997; contra la ley y su artículo 23 [de seguridad nacional], protestaron manifestantes el 4 de junio del 2003; también el 4 de junio del 2014, poco antes del Movimiento de los Paraguas [Occupy Central]; el 4 de junio del año pasado fue cuando estalló el movimiento anti-extradición; y por último, la ley de seguridad nacional del 4 de junio del 2020.

¿Qué pasará el próximo 4 de junio? ¿Por qué lo recordaremos? ¿Qué es lo que nos empuja a reunirnos cada año, el mismo día, para rezar todos unidos? Como cristianos, cada cosa que hacemos, es en respuesta a las enseñanzas de Jesucristo.

El Evangelio de hoy nos señala el mandamiento más importante de Nuestro Señor Jesucristo, es decir, amar a Dios y amar al prójimo. Él no solo lo dice, sino que lo demuestra con su propia vida, con su propia muerte [nos muestra] qué significa realmente amar con todo su ser a Dios y al prójimo.

Recemos juntos llevando dentro nuestro estos sentimientos. Ante todo, para conmemorar a los estudiantes y a los civiles muertos en Beijing: roguemos para que puedan hallar la paz eterna en el más allá; para que se haga justicia.

Ellos ya murieron, pero ¿por qué murieron?

Las madres de estos jóvenes – las Madres de Tiananmen – han expresado su humilde reclamo: obtener justicia para el Movimiento del ‘89; emprender una investigación sobre el caso y que la verdad se dé a conocer públicamente, y, por último, pedir públicamente perdón a los familiares de las víctimas.

Quizás se considere que estos reclamos no son realistas, pero la fe nos dice que lo más importante es hacer la voluntad de Dios, y su voluntad es este pedido de amar al Señor y al prójimo, porque el hombre es creado y amado por Dios. Por tanto, el valor del hombre es mucho más importante que cualquier otro valor institucional: el pueblo está antes que el gobierno; la verdad, antes que el interés.

Roguemos juntos por nuestro pueblo, por nuestros compatriotas, como hicieron los estudiantes y los civiles de aquél entonces, que se sacrificaron no por sus propios intereses, sino por el futuro del país, del pueblo.

Ellos se dijeron: este país es nuestro país, este pueblo es nuestro pueblo; si no nos implicamos nosotros, ¿quién lo hará? Si no lo hacemos nosotros, ¿quién más podría hacerlo? Gracias a la reformas económicas y a la apertura, China asistió a una verdadera prosperidad y progreso; las condiciones de vida del pueblo sin duda han mejorado. Sin embargo, al mismo tiempo, surgieron muchos otros problemas sociales que nos llevan a reflexionar sobre la insuficiencia de las reformas políticas.

Desafortunadamente, con el movimiento del 4 de junio se acabaron las reformas del sistema político. Desde entonces, las reformas han sido principalmente de tipo económico, ignorando aquella de índole política y los problemas sociales de entonces se arrastran hasta hoy, y quizás sean todavía más graves.

Hay quienes dicen que la prosperidad de hoy se ha dado precisamente gracias a la solución de la masacre de Tiananmen; por eso, hay que dejar de mirar hacia atrás, y comenzar a mirar al futuro. No estoy muy convencido de esta teoría, porque la historia está llena de sorpresas: si el 4 de junio no hubiera terminado de ese modo sangriento, quizás China hubiera elegido un camino de desarrollo diferente, quizás China sería mucho más próspera y poderosa. ¿Quién puede decirlo?

Sin embargo, siendo que amar a Dios y al prójimo es el mandamiento más importante, y que el hombre es creado y amado por Dios, entonces el hombre no necesita solamente pan. Roguemos por la nación y por el pueblo, para que podamos construir una sociedad que respete la dignidad humana, mientras vamos detrás de la riqueza material.

Este año rezamos unidos por Hong Kong, por todos nosotros. La aprobación de la Ley de Seguridad Nacional ha agravado ulteriormente la situación de Hong Kong, volviéndola todavía más crítica y el camino se ha vuelto cada vez más difícil. ¿Qué debemos hacer?

La libertad de expresión parece reducirse más y más. ¿Quizás esta sea la última misa de conmemoración en recuerdo del 4 de junio? No lo sé. No importa cuán difícil sea el futuro, tenemos que saber que somos cristianos, somos hijos de Dios, y que Él siempre está con nosotros y camina a nuestro lado, nos da la fuerza para nuestras misiones, y continuar amando a Dios y al prójimos, incluso en las adversidades.

En todos estos 31 años, cada noche del 4 de junio, siempre hemos encendido una vela por las personas que viven en la oscuridad, clamando por aquellos que no tienen voz, expresando nuestro amor de este modo. Y si llega el día en que nosotros tampoco podamos hablar más, si nosotros también terminamos en la oscuridad, en ese momento compartiremos con ellos el mismo destino, convirtiéndonos aún más en una sola entidad y amándonos mutuamente cada vez más.

Hermanos y hermanas, debemos rezar, pedirle al Señor que nos ilumine, que nos señale el camino correcto, que nos conceda el coraje para que podamos ser, como dice la Primera Lectura de hoy, cuando el apóstol Pablo le dice a Timoteo: “Esfuérzate en presentarte a Dios como una persona digna”.

No es poco 31 años. ¿Cuánto tiempo debemos seguir esperando? ¿Cuánto durará esta prueba? Nadie lo sabe.

Este es el motivo por el cual me consuela mucho el tema de la conmemoración del 4 de junio de este año: “No temas, el Señor camina contigo”. Los israelitas estuvieron más de 40 años en el desierto, y Moisés los animaba con estas palabras.

Nosotros también podemos alentarnos y hallar la fuerza necesaria en sus enseñanzas. ¡Nuestra conmemoración todavía no ha llegado su cuadragésimo año! ¡No debemos tener miedo, porque el Señor camina a nuestro lado! Oremos para que podamos continuar amando a Dios y al prójimo, en las buenas y en las malas. ¡Oremos para que el fuego de la fe siempre siga ardiendo!

Fuente: Religión en Libertad